Valores y comportamientos éticos de ésta sociedad PDF  | Imprimir |
Ponencias y resúmenes
Escrito por Reyes Mate   
Martes, 21 de Enero de 2014 09:23

Intervención de Reyes Mate

  

Tertulias de “Socialistas  por el Debate”

Ateneo, 17 de enero 2014

  

 

Agradezco a Aurora Ruiz la invitación a compartir ideas con Socialistas por el Debate en esta nueva fase de su larga andadura en un lugar tan significativo como el Ateneo de Madrid. La semana pasada entregué una carta al Secretario General de la Agrupación de Fuencarral renunciando a mi condición de miembro del Comité Regional porque no es un lugar de debate sino un espacio en el que repite un ritual improductivo que despilfarra tiempo, energías y dinero. Y si las instituciones acaban cegando los lugares de debates, habrá que refugiarse en foros libres como éste.

 

            1. Siempre que se habla de ética política se piensa en "crisis de valores", una expresión que se ha hecho antipática porque nos la representamos como un saco sin fondo en el que se esconden las soluciones a todos los problemas, pero con el pequeño inconveniente de que nadie explica cómo se hace eso.

            Para sostener con rigor la tesis de que nos hemos privado de los valores definitivos para la solución de la crisis habría que  identificarlos bien y luego explicar su operatividad política.

            Sabemos de qué hablamos. Si cerramos los ojos o prestamos oídos a una conversión sobre los políticos o nos fijamos en los titulares de la prensa, constatamos que  lo que se echa de menos es la honradez que ha perecido a menos de la corrupción;  o  la generosidad, la solidaridad o la compasión, que han sido neutralizados por vicios como el mercantilismo, el egoísmo o la  impasividad, respectivamente.

             Pero hay que añadir un matiz porque no es que no se practiquen en la vida pública esos valores, sino que hemos llegado al punto de que muchos no echan de menos su ausencia porque se les considera  inconvenientes políticamente. Es verdad que nos pueden avergonzar los vicios políticos, pero eso no nos lleva a abrazar las virtudes. Pondré un ejemplo, Aristóteles que era un firme defensor de las virtudes políticas (hacían del bien común el objetivo de la actividad política), precisaba que para que los políticos actúen movidos por el interés común, es decir, para que la actividad política sea virtuosa, los políticos tienen que ser virtuosos. Y remachaba esta idea precisando que un político u hombre público no se hace virtuoso porque obre el bien, sino que obra el bien porque es virtuoso.

            Para que sus ideas no quedaran en el aire precisaba con todas las letras en qué consistía la virtud del político. Consta de tres elementos: en primer lugar, disponer de los conocimientos suficientes, es decir, conocer su campo de actividad; en segundo lugar, madurez humana, es decir,  haber demostrado anteriormente que uno es capaz de tomar decisiones correctas en momentos difíciles, saber elegir razonablemente. Finalmente, haber superado la prueba de resistencia, es decir, haber sido capaz de sostener la decisión tomada, a pesar de todas las presiones imaginables que plantean su revocación. 

            Esto decía Aristóteles hace veinticinco siglos sobre el político virtuoso y, pese a que suena tan sensato, sería una insensatez planteárselo a los hombre públicos. ¿Se imagina alguien lo que ocurriría si, a la hora de hacer las listas y aprobarlas, se levantara un delegado y planteara la virtud política como condición para ser  candidato? Le dirían que eso es meterse en su vida privada. Y es verdad que hay una zona personal, íntima, al abrigo de las miradas públicas, pero lo que no se puede es negar la relación entre cómo somos y cómo actuamos.

 

            2. No se llevan los valores, las virtudes, pero valdría la pena preguntarnos si con políticos virtuosos que gestionaran la cosa pública con generosidad, justicia, compasión etc,  nos iría mejor. Parece que sí. Y, entonces, la pregunta es  ¿por qué no lo exigimos? Podemos imaginar que no debe ser fácil jugar con todo ese calado, pero habida cuenta de que nadie está obligado a ejercer de hombre público ¿por qué los administrados no son o somos más exigentes?.

            Aunque la corrupción, por ejemplo, no concite el aplauso, la toleramos si los

los político "lo hacen bien". Más que seguidores de ese Aristóteles, tan moralistón él, lo somos de Bernard  Mandeville, el autor de La fábula de las abejas, cuyo elocuente subtítulo es Los vicios privados hacen la prosperidad pública. El autor, nacido en Rotterdam, en 1670, defiende la idea de que la sociedad funciona como una colmena. Cada abeja va a lo suyo y el resultado es un panal de rica miel. Así la sociedad. Si comerciantes, banqueros, jueces y ministros piensan en sí mismos, tendremos un Estado próspero. Ocurrió, sin embargo, que las abejas interiorizaron la crítica moralizante que no se creía eso de que yendo cada cual a los suyo habría prosperidad general. Entonces cambiaron y se hicieron solidarias. ¿El resultado? un desastres porque se acabó la miel. ¿Moraleja? que "querer gozar de los grandes beneficios del mundo/sin grandes vicios/es vana utopía en el cerebro asentada./Fraude, lujo y orgullo deben vivir/mientras disfrutemos de sus beneficios". Una traducción civilizada de esta desenvuelta teoría es la política empresarial en curso que pide, para ser competitiva, que los trabajadores se bajen el sueldo y renuncien a las conquistas sociales. Si los empresarios miran sobre todo por sí mismos, mejor les irá a los trabajadores (piensan ellos).

            Si compartimos estas ideas, el problema no son los hombres públicos sino nosotros que les elegimos y les queremos así. Anduvo el año pasado por las carteleras madrileñas la pieza teatral de Nikolai Gogol "El Inspector". Es una comedia sobre la corrupción escrita hace casi dos siglos que sigue siendo actual. El protagonista, que es un alcalde de provincias, se vuelve al público que  ríe el enredo para decirle "pero ¿de qué os reís?.¡ Os estáis riendo de vosotros mismos!". Nosotros, viene a decir al público, somos como vosotros queráis que somos ya que os representamos. El público se ríe de la torpeza de unos políticos corruptos que han confundido a un pobre diablo, al que agasajan sin medida para comprarle, con un temido inspector. El patio de butacas ríe porque él sí sabe que el  tal inspector es sólo un pícaro aprovechado.  Pero ese público  que se divierte, es el que les ha elegido a ellos, alcaldes y concejales, como son y por cómo son. No tienen pues razón para reírse de los corruptos ya que los culpables son ellos.  En vez de cebarnos contra  los dirigentes,  deberíamos preguntarnos a nosotros mismos ¿por qué les queremos así?.

 

            3. Que ¿por qué? Porque entendemos que la política es una actividad técnica y exigimos de los políticos valores técnicos antes que valores morales. Expliquemos esto. Desde Maquiavello se ha impuesto la idea de que la política es poder y, por eso, la primera obligación de un dirigente político es conservar el poder, si lo tiene, o conquistarlo, si no lo tiene. ¿Por qué es tan valioso el poder? no por lo de la erótica del poder, es decir, no porque "satisfaga" la vanidad del ego (eso no da para mucho), sino por la riqueza, por el dinero. Poder y dinero van juntos. Le Petit Prince de  Saint Exupéry  cuenta la aventura del Principito visitando planetas. Cuando llega al cuarto se encuentra a un hombre de negocios haciendo números:

"-¿qué cuentas?, le pregunta

            Estrellas, responde el hombre de negocios

-¿para qué?

            Para poseerlas

-¿y para qué te sirve poseer estrellas?

            Para ser rico

-¿Y para qué te sirve ser rico?

            Para comprar más estrellas".

            Al Principito le pareció que el buen hombre estaba borracho. No entendía para qué servía poseer estrellas porque "yo -se decía él- poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. Pues deshollino también el que está extinguido. No se sabe nunca. Es útil para mis volcanes y es útil para mi flor que yo los posea. Pero tu no eres útil a las estrellas". El hombre de negocios miraba atónito a aquel extraño muchacho  que se dijo para sus adentros "decididamente  las personas mayores son muy raritas". Aquel hombre de negocios contaba dinero para comprar estrellas y así tener más dinero con el que comprar más estrellas...

             Esto no significa que todo político busque el enriquecimiento, sino que piensen la política en función exclusivamente de la riqueza, de la creación de riqueza (pensando buenamente que eso beneficia al pueblo). Esto, que a primera vista parece impecable, tiene sus consecuencias, a saber, desentenderse de lo gratuito, de lo que no produce riqueza. Propiciará, por ejemplo, un sistema educativo que educa en la competencia pero no en la formación de las personas; acoplará la prestación de servicios a la contribución de cada cual; considerará al emigrante como un consumidor de servicios y no como una persona humana con sus derechos inalienables. Y, sobre todo, supeditará la política a la economía.

 

            4. Puede que la política tenga esa peligrosidad desde siempre pero nosotros tenemos la sensación de que ese proceso de despolitización de la política, se ha acelerado en los últimos tiempos. Y me aventuraría a nombrar dos de sus causas más determinantes.

            En primer lugar, el modo español de transición política. Sin entrar a fondo en el asunto, bástenos recordar  lo que se ha dicho: que fue  un proceso de olvido. Esto quiere decir que se "olvidó", en el sentido de que "se echó al olvido" (no se quiso tomar en serio), el deber de dar satisfacción a muchas injusticias pasadas, que clamaban justicia, pero también que "se sacrificaron" muchos valores republicanos en el altar del nuevo comienzo, lo que supuso validar valores dominantes (franquistas) que nos han marcado, por ejemplo, la desconfianza respecto a la política. El famoso consenso de la transición propició un equívoco del que no nos hemos repuesto: como se amnistió al franquismo y se renunció a hablar de su perversión teórica (fascismo) e histórica (dictadura), los franquistas se han sentido casi legitimados por la democracia de suerte que hoy no hay en ellos pesar por su pasado, nada de qué avergonzarse o arrepentirse. Ninguna razón para dar cuenta de su pasado. Debido a esto la democracia nace debilitada moralmente y eso la incapacitará para ser exigente.

            Hay una segunda causa en la que no se suele reparar. Me refiero a la ruptura de la tradición en el seno del socialismo (ruptura de la tradición de valores socialistas en el seno de la organización socialista). Me detendré en esto.

            ¿Por qué es importante la tradición (el trasvase, la herencia) de valores? Pues porque, como dice Benjamin, "el socialismo se mueve no tanto por la utopía de que nuestros nietos serán felices, cuanto por la memoria de los abuelos ofendidos". El socialismo nace a partir de la memoria o de la experiencia de la opresión, de la injusticia Si se pierde esa memoria, la sensibilidad por esa experiencia, el socialismo se hace imposible. Luego vendrán otras cosas (teorías, estrategias, programas, políticas...) pero el impulso viene de la memoria de los abuelos ofendidos, de la memoria de una injusticia antigua.

            ¿Por qué se ha roto esa cadena? ¿cómo podemos decir que la generación actual no es heredera del socialismo anterior? Claro que hay una continuidad institucional (el Psoe actual puede decir que tiene más de 130 años de historia), pero no hablamos de instituciones sino de valores. Y decimos que no ha habido "tradición" porque vivimos en unos tiempos en los que eso no se lleva, no se valora. Vivimos, efectivamente, en la postmodernidad caracterizada por la muerte de los grandes relatos (el marxismo, la Ilustración) que son teorías que explican los problemas actuales concretos echando la vista muy atrás y teniendo en cuenta muchas relaciones (para explicar lo político se recurre a la economía,  a la religión, al arte...). Lo que ha desaparecido es la conciencia de que los problemas tienen una dimensión global tanto desde el punto de vista del tiempo (la importancia del pasado y del futuro)  como del espacio (los problemas son transnacionales). Eso se ha acabado: ahora todo es relativo, provisional y particular. No hay causas por las que valga sacrificarse El sacrificio de la generación que luchó por la libertad no ha valido la pena pues han triunfado los de siempre.

            Estas ideas que están en el ambiente condicionan las conductas, los modos de ser. Un ejemplo de alguien propio de la cultura de los "grandes relatos" sería Luis Gómez Llorente: un hombre coherente a lo largo de toda su vida. Su socialismo habrá ido transformándose, enriqueciéndose, pero nunca hasta el punto de que el momento actual supusiera una contradicción con el anterior. Coherencia también entre su ser y su estar, su pensar y su actuar. Uno reconocía en él la historia del socialismo

            Un ejemplo del socialista postmoderno puede ser Felipe González. No pretendo caricaturizar ya que reconozco que ha sido un gran político, sino comprender, desde el respeto, su evolución, sirviéndome del modelo postmodernista. Felipe González es hoy un hombre rico que se mueve por la alta sociedad y forma parte de una cierta élite mundial. En algo fundamental  no era así antes. Ni era rico, ni podía permitirse el comentario de que  él se aburría en unas breves reuniones que le aportaban más de 100.000 Euros anuales. Ha cambiado su relación con el dinero seguramente porque piensa, como pensaba Solchaga cuando era su Ministro de Economía, que el dinero es bueno en sí, es decir, no ve que haya una relación entre el dinero de los ricos y la pobreza de los pobres. Las desigualdades están ahí, de una forma natural. Unos son ricos y otros, pobres. El socialista lo que tiene que hacer es aliviar la situación de los pobres pero sin cuestionar la riqueza de los ricos, aunque haya que gravarles con algún impuesto. Lo posmoderno estriba en aislar los momentos; unos ricos y otros pobres; hay momentos en los que toca  luchar contra la pobreza y otros, en hacer dinero. Lo que la mentalidad posmoderna se permite es decirnos que lo incoherente forma parte de un todo que  consta de momentos contradictorios.

            La coherencia se ha roto pero no porque la nueva generación sea mala gente sino porque ha cambiado nuestra cultura que ya no valora la tradición de valores, la transmisión de experiencia de injusticias y la memoria de las injusticias pasadas. Y el Psoe se ha contagiado de esa amnesia, por eso hemos perdido la capacidad de indignación

            Esa ausencia del de peso histórico explica muchos de los vicios del socialismo. Por ejemplo, la liviandad de sus dirigentes o altos cargos, tan clara en la época de Zapatero. ¡Si  era un equipo de pesos plumas¡. Y luego esa manía por convertir en cuadros a gente que ni había terminado la carrera, ni cotizado a la seguridad social al menos un par de años, como pedía Alfonso Guerra. Eran gobiernos poco aristotélicos. Luego, para compensar, había que recurrir a "expertos" o "asesores de imagen" (en el equipo de Zapatero los hubo muy señalados). Expertos y comerciales son siempre bienvenidos, pero no como dirigentes o asesores aúlicos: ¿alguien piensa que estos aventureros podían moverse políticamente impulsados por la memoria de los abuelos ofendidos"?

            No hay pues transmisión de experiencias, pero nos quedan las ideas. Decimos que tenemos ideas: escuela pública, sanidad gratuita, apoyo a jubilaciones, plan de dependencias, aborto, laicidad...estado de bienestar...Eso ¿no vale? ¿no son ideas con valores morales? Claro que son ideas con valores morales y son muy importantes. Pero que no basta tenerlas para llevarlas bien a cabo. El estado de bienestar se puede entender de dos maneras: solidariamente (que sea universalizable y para eso tiene que ser contenido, austero) o insolidariamente (por ejemplo, excluyendo a los emigrantes).  Una escuela pública, por muy pública que sea puede orientarse al consumismo, a la competitividad o tener una orientación humanista y formativa.

 

            5. Vamos terminando. Lo que esta crisis nos está enseñando es que no está sirviendo para crecer y madurar, sino que está resultando demoledora y paralizante. ¡Si lo más nuevo que se nos ha ocurrido es volver a los viejos buenos tiempos¡. Y eso es imposible porque  no hay consumo para todos y porque ese pasado dejaba mucho que desear.

            La conclusión que cabría esperar de esta gran crisis es el convencimiento de que "otro mundo es posible". Sólo que para llegar ahí habría que ser muy consciente no sólo del sufrimiento que está causando  (el daño causado ya es irreparable con lo que no cabe la justificación de que "han valido la pena los sacrificios hechos porque al final saldremos de la crisis". Saldrán los que salgan pero los que no saldrán son los desplazados a las cunetas de la historia, como precio de la mejora de otros), sino del sufrimiento que causó la bonanza que la precedió (exportamos su costo al tercer mundo). Es la memoria de todos esos sacrificios lo que nos llevaría a pensar la necesidad de re-pensar las cosas. Es sobre esa memoria que habría que fundar la esperanza en tiempos mejores (mejores porque habremos por fin comprendido que no podemos avanzar sacrificando a los más débiles).

            Leía estos días la "Carta a un obrero " de Largo Caballero, escrita en 1945, al salir del campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlin. Uno puede estar o no de acuerdo con sus ideas, con lo que dice sobre el futuro de España, pero lo que es indiscutible es la autoridad de unas palabras cargadas con la experiencia del sufrimiento. Son palabras que brotan de la compasión. Para discutir a ese nivel hay que tener autoridad moral. Es ahí donde uno entiende que el socialismo son ideas, pero algo más:  un ethos, un talante moral que hoy brilla por su ausencia. Nosotros hemos sustituido la autoridad moral por la legitimación de los votos: es líder el que más votos tiene. Es una legitimación indiscutible. Pero no debería ser incompatible con la autoridad moral. Deberían unidas porque sólo reconociendo que el líder debe tener autoridad moral, decidiremos y elegiremos no porque es de la cuerda o por lo que obtengamos de él, sino por lo que puede representar para el bien común. Pero todo debe partir de abajo. Para que los líderes tengan autoridad moral tendríamos, los que les elegimos, que comenzar por ser decentes.

           

                                                                       Reyes Mate