El comportamiento de la burguesía española PDF  | Imprimir |
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Escrito por Laureano Gómez   
Jueves, 04 de Junio de 2015 13:28

Ni siquiera la fuerza de los votos consiguió arrebatarle el poder a la burguesía española en tiempos de la II Republica, su empeño en mantener el control de España, esa finca que consideraban su propiedad, llevo al país a una contienda civil que desemboco en el establecimiento de un dictadura militar de funestas repercusiones para las generaciones venideras.

 

Poder político para disponer a su antojo de España, una España formada por territorios y personas a su servicio, terratenientes y señoritos andaluces, industriales del norte y agricultores y ganaderos del centro, ejercito e iglesia como contenedores del descontento popular, acción policial y educación para la servidumbre, herramientas poderosas al servicio de la burguesía para el mantenimiento de la propiedad, para el ejercicio sin paliativos de los negocios. España país, nación, patria incluso; conceptos hipócritas al servicio de la minoría dominante.

 

La reciente democracia post-franquista, aceptada por la burguesía ante la imposibilidad de mantener una dictadura en una Europa post-bélica y renaciente y en un nuevo contexto internacional, ha sido sorteado por aquella, representada políticamente por Alianza Popular y después Partido Popular, gracias a la aceptación por el socialismo democrático de gran parte de los intereses de dicha burguesía a cambio de la permisibilidad de un cierto Estado benefactor en materia social, cultural, educativa y sanitaria. La privatización de sectores industriales considerados estratégicos durante la época franquista, la delegación de funciones del Estado al sector privado, los negocios asociados a las obras de infraestructuras estatales, las oportunidades de negocio generadas por la cesión de competencias a las comunidades autonómicas y un bipartidismo controlado han permitido a la burguesía recuperar el terreno inicialmente cedido y ganar poder en un contexto internacional favorable. Las nuevas corrientes ideológicas del renaciente liberalismo económico –neoliberalismo- aparecidas en paralelo con la llegada de la democracia a España y llevadas a la práctica en los distintos gobiernos españoles (siguiendo las mismas acciones llevadas a cabo en el resto de países del área OCDE) no han hecho sino incrementar el peso –influencia y riqueza- de la burguesía española a pesar del sistema democrático cuya misión debiera haber sido invertir la tendencia a favor del resto de la población.

 

Las mayorías absolutas del PP en el gobierno de la nación y en la mayoría de las comunidades autónomas y ayuntamientos de capitales de provincia han afianzado el poder burgués y permitido recuperar para sus intereses el terreno conquistado por la ciudadanía en materia de derechos laborales (reforma laboral), del Estado benefactor (disminución de prestaciones sociales, privatización de sectores intocables hasta entonces) y de las libertades ciudadanas (ley mordaza). En el proceso de recuperación de la propiedad de España emergieron demasiados casos de corrupción, comisiones para los intermediarios políticos o civiles, sicarios de la burguesía dispuestos a todo, organizaciones delictivas para la apropiación indebida, descapitalización del país, impunidad al descubierto. Por razones que los sociólogos deberán explicar, una parte importante de la población ha tolerado la corrupción (como ha podido comprobarse en los refrendos electorales, en ciertas áreas geográficas, de quienes la practicaban, la toleraban, la consentían o eran beneficiarios directos o indirectos de ella), hasta la toma de conciencia colectiva de la gravedad de los delitos cometidos de los que han sido artífices los movimientos sociales, la acción de la justicia y los medios de comunicación.

 

El descontento popular emergido en forma del movimiento 15M, las mareas ciudadanas posteriores –con el gobierno Rajoy- contra los intentos descalificadores de lo publico y de privatización de áreas tan socialmente sensibles como la educación o la sanidad, el descontento de los sectores asociados a la cultura, el trato vejatorio a los funcionarios públicos, han calado hasta desembocar en lo que se perfilaba como la consecuencia lógica, la aparición de partidos políticos aglutinadores de dicho descontento. Los intentos de acallar el movimiento, de ningunearlo al principio, de desacreditarlo después, no consiguieron sus objetivos. Las elecciones europeas fueron el primer aviso y las autonómicas y municipales el segundo. A continuación el pánico.

 

El previsible fin del bipartidismo, con la aparición de nuevos partidos políticos en competencia con los dos partidos mayoritarios, puede favorecer una praxis política menos contaminada del clientelismo y del mal sistémico de los contratos a medida y de las comisiones y prebendas, pero la burguesía hará lo imposible por mantener su poder sobre la sociedad y las instituciones, de ahí el interés en un pacto PP-PSOE que deje fuera de juego a los partidos emergentes. Pero tal pacto no solo perjudicaría al PSOE, que podría quedar al borde de su desaparición, sino al propio Partido Popular en beneficio de Ciudadanos.

 

La burguesía, representada políticamente por el PP, enfrentada al mayor peligro después de la II Republica, la perdida real de su patria, la España en propiedad, la España de los negocios, de los negocios fáciles, cortoplacista, la España sin proyecto, a la que incendia si se la arrebatan para apropiársela de nuevo, no se quedará quieta y creara su plan. No son ajenas a este propósito las palabras del actual Ministro de Hacienda estando en la oposición, en las que prefería dejar hundir el país antes de mantenerlo en manos del gobierno de Zapatero.

 

 

                                  

                                                                       Laureano Gómez

2 de junio de 2015