La participación política PDF  | Imprimir |
Ponencias y resúmenes
Escrito por Joaquín Leguina   
Viernes, 15 de Abril de 2005 00:00

En una democracia la participación política está asegurada en su estadio más elemental y decisivo con el derecho al voto universal, libre y secreto, pero la participación política es algo más. No estoy pensando, por supuesto, en esa utopía mentirosa que se denomina democracia directa, sino en los mecanismos mediante los cuales se hacen propuestas, se toman decisiones y se delega, es decir, se eligen dirigentes y se seleccionan en el interior de los partidos las listas electorales.

Los ciudadanos que conviven en una sociedad democrática participan en la política de muy variadas maneras y utilizando muy distintas plataformas. Desde los sindicatos o las patronales, desde una humilde organización cultural de barrio se interviene en la política, directa o indirectamente, pero la participación política en sentido estricto la tienen reservada los partidos. La Constitución española de 1978 lo consagra en su artículo 6, cuyo tenor literal es el siguiente:
“Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y su funcionamiento deberán ser democráticos”.

Por lo tanto, si queremos hablar de participación política y de cómo ésta se produce, tendremos que analizar la “estructura y el funcionamiento de los partidos”, pero antes conviene delimitar el campo de juego, vale decir: hasta dónde llega y hasta dónde no llega la acción política. Por ejemplo, no hace tanto tiempo, un partido político podía llevar en su programa de Gobierno la nacionalización de la banca. Hoy no podría hacerlo por una sencilla razón: la legislación europea impide esa nacionalización.

Por otro lado, a nadie se le oculta que en nuestras sociedades los grandes entramados económicos multinacionales y su potentísimo poder mediático hacen, en la práctica, muy difícil plantear cambios radicales en el status quo social o económico. De hecho, en el campo económico, la capacidad de maniobra de los Gobiernos nacionales se ha reducido drásticamente en los últimos años, debido, en primer lugar, a la normativa y a las prácticas de la UE, pero también porque están sujetos al fenómeno creciente de la globalización que ha producido una versatilidad internacional del capital que antes no existía.

Un político inglés del siglo XIX se atrevió a decir lo siguiente: “El Parlamento británico puede cambiarlo todo menos un hombre en una mujer”. Ahora, cuando la medicina sí puede cambiar un hombre en una mujer, nadie sostendría que un Parlamento puede cambiarlo todo. En efecto, la autonomía de la política es cada vez menor y donde esa dependencia se hace más visible es respecto a los medios de comunicación.

La importancia de lo visual en el espacio público viene de larga data, pero su apogeo es reciente. Durante la II Guerra Mundial, el gasto dedicado a promocionar productos comerciales cayó en picado y, en los Estados Unidos, las empresas dedicadas al negocio publicitario buscaron otra línea de ventas en la publicidad institucional. Esta novedad pasó pronto a la mercadotecnia política y hablar de imagen se puso de moda, a lo cual colaboró decisivamente la entonces naciente televisión.

En cualquier caso, los productos que no se pueden explicar en los veinte segundos que dura un anuncio televisivo pierden relevancia, y lo mismo tiende a ocurrir con las instituciones y personas que no se pueden resumir en una frase o no tienen nada que decir al gran público. También ocurre con los hechos que no se pueden simplificar o no generan imágenes llamativas. Los medios visuales transforman hoy la imagen de la realidad (también la imagen de la realidad política) pero su objetivo último es transformar la realidad misma.

Estas condiciones han favorecido la colocación en el primer plano de la política de términos tales como protagonismo, marketing o imagen. No es de extrañar, por tanto, que se haya escrito que “el vedetismo político actual es hijo del star-system y se ha extendido a los espacios sociales de producción, reproducción y representación de lo público. Un sistema que fabrica divinidades terrestres con duración mediática de un cuarto de hora” (David Reyes. “Comunicación y política”).

La publicidad, una disciplina que le debe mucho a Freud y muy poco a Marx, nos dice lo siguiente (lo he leído en el diseño de una campaña electoral española): “nos encontramos en una sociedad para la que vale más un gramo de imagen que un kilo de actuaciones”. Como se ve, un camino hacia ninguna parte.

Por otro lado, la dependencia mediática de los políticos, vale decir, la sumisión al reino de la trivialidad y del escaparate, representa la negación de las ideas complejas sin las cuales la política pierde su alimento principal. Un escaparate en el que se niega, cual Belarmino hiciera con Galileo, todo discurso complejo, lo cual impide que se eleve el vuelo político por encima del último titular de prensa o la penúltima encuesta de opinión. Una dependencia obsesiva que ha reducido drásticamente la autonomía política de los partidos.

La dependencia mediática a la que se someten hoy muchos políticos resulta deplorable y lo es especialmente en un punto: el de los intereses espurios. Me explicaré: los medios, como cualquier empresa comercial, tienen sus propietarios, un entramado cada vez más complejo, dominado por poderosos intereses económicos que ya no están en los propios medios sino en otro lado: en las finanzas, en la industria o en la especulación del suelo.

La absorbente dependencia a la que se hallan adscritos muchos de los políticos les obliga (a ellos y también a los periodistas) a dejar de lado, a no tocar esos intereses. En el fondo, se renuncia al control público y a la punición de los desmanes que desde aquellos intereses se puedan cometer. Pero de esa dependencia no se deriva sólo este mal principal, que empequeñece la política, también afecta, vía trivialidad e imagen, al discurso político y a quienes lo portan, a los “portavoces”.

Un experto en campañas electorales, Xavier Roig, escribía en el diario El País (17.II.2004) durante la última campaña para las elecciones generales lo siguiente: “las campañas electorales modernas no son más que un vehículo para la transmisión de un mensaje. De hecho, el mensaje es una modernización de la vieja receta del marketing comercial. El candidato se tiene que plantear la venta de un producto… y ello supone una apuesta por la tecnificación y la profesionalización que, sin duda, ha creado alguna incomodidad ante lo que podría ser visto como una cierta trivialización del debate político”.
Si donde Roig dice “mensaje” (siempre en singular), leemos “slogan”, las cosas quedarían más claras. “Una cierta trivialización”, dice Roig. Más bien una trivialización cierta.

En la civilización del espectáculo y de las prisas, que es en la que hoy vivimos, la rapidez es compañera de la simplificación, pero la palabra simplificación -o la, a menudo más adecuada, simpleza- chocan desde su origen semántico con la complejidad (simple versus complejo). En este asunto no conviene equivocarse. No se trata de “ir al grano”, eliminando la paja, sino de reducir lo complejo a un corto y simple discurso, renunciando al análisis, que consiste en separar y hacer visibles los elementos que se entrelazan componiendo una realidad, por supuesto, compleja.

Propendo a pensar, sin embargo, que la complejidad que encierra la condición humana no se deja reducir tan fácilmente como los publicitarios creen. La prueba está en que la mayoría del público ve y denuncia las costuras del traje mediático con el que se cubren muchos políticos y cuya característica más común es la falta de substancia. En cualquier caso, no es aventurado prever que el marketing político no podrá sustituir a la política tal como ésta se ha entendido desde Pericles. Cuando, en 1940, un hombre rechoncho y maduro, con cara de bulldog, que fumaba en público gruesos habanos, prometió a sus conciudadanos británicos “sangre, sudor y lágrimas” no estaba haciendo publicidad ni construyendo una imagen amable de sí mismo. Hacía política. Política que sirvió para la supervivencia de la democracia en Europa.

Se intuye que “la entrada en producción de la comunicación”, en palabras de Christian Marazzi, pone en crisis la forma de democracia que hemos heredado. El caso de Berlusconi se suele tomar como paradigma. Si la política tiende a producir, casi en exclusiva, “imágenes” del mundo, ¿quién mejor que un empresario televisivo para representarse a sí mismo? Pero sin llegar a ese extremo, me detendré en mostrar los efectos que la “política de imagen” está teniendo sobre un campo básico de la democracia europea: el del funcionamiento de los partidos.

Según señaló en su día el profesor García Pelayo, un exiliado que luego fue el primer Presidente del Tribunal Constitucional en la nueva Democracia española, las democracias europeas son “democracias de partidos”. La omnipresencia política de los partidos en las democracias europeas responde a una realidad histórica bien conocida. Partidos que nacieron, en parte, de movimientos sindicales y donde las grandes formaciones políticas respondieron, al menos antes de la segunda guerra mundial, a uno de estos dos modelos: ser partidos de masas o ser partidos de clase, o las dos cosas a la vez.

Ante una declaración genérica, como la del artículo 6 de la Constitución española, era de esperar que una Ley concretara esas obligaciones democráticas impuestas a los partidos por la Constitución, pero la Ley de Partidos, varias veces modificada, sigue sin decir nada acerca de la estructura y el funcionamiento de éstos. Así las cosas, en la práctica, los partidos políticos españoles se han convertido en estructuras burocráticas cuyo funcionamiento contradice hoy la democracia, cualquiera que sea la interpretación que se le quiera dar a esta palabra.
Para que una estructura y funcionamiento sean democráticos, lo mínimo que hay que exigir es que existan: a) debates seguidos de votaciones y b) elección de representantes, pero, en la práctica, la puesta en escena ha sustituido al debate y la cooptación a la elección. Y todo ello en beneficio de un liderazgo fuerte y la consiguiente unidad interna.

En los grandes partidos españoles, el debate político interno ha desaparecido y las elecciones se han reducido al mínimo. Debo insistir en algo obvio: no es lo mismo votar que elegir. Para elegir han de existir al menos dos opciones. Por ejemplo, si para elegir a un Secretario general de cualquier nivel territorial sólo se presenta un candidato, hay votación, pero no hay elección. La democracia –y la elección- exigen competencia y si ésta se elimina la elección se convierte en una farsa que degrada la democracia.

Si uno se entretiene en leer la letra pequeña de los estatutos con los que se rigen los grandes partidos en España, podrá comprobar que prácticamente todas las iniciativas se las reservan las Comisiones Ejecutivas y una vez pergeñadas esas decisiones, algunas se someten a ratificación, pero ratificar no es elegir.

En el caso del PSOE, el fallido ensayo de las sedicentes “primarias” ha llevado a un nuevo y drástico recorte en las votaciones internas y también de cualquier debate político que pueda influir en la toma de decisiones, vale decir, en los programas electorales y en las políticas institucionales.

Por su parte, los medios han ido construyendo una “imagen positiva” en torno a la bondad del liderazgo fuerte y otra negativa que confunde, interesadamente, el debate, es decir, la confrontación de ideas, con la desunión. Y, ya se sabe, un partido desunido no puede aspirar al Gobierno.

Si cualquier miembro de un partido se decide a decir algo que no está en el guión, los medios se apresuran a enfatizar esas palabras hasta niveles delirantes. Allí no hay una opinión que pueda ni deba discutirse, allí hay un cisma, una división que pone en entredicho la unidad del partido y deja en evidencia a su líder por no haber evitado que el discrepante haya hablado como lo ha hecho.  En esas condiciones impuestas por los medios, ¿qué debate puede haber?

Los medios, en efecto, han jugado en esta construcción “imaginaria” un papel tan decisivo como perjudicial. Los líderes, convencidos de su misión histórica y engañados por las apariencias, han respondido con entusiasmo a las exigencias mediáticas de ser “fuertes”. No les ha temblado la mano a la hora de poner firmes a sus huestes, colocando fuera de juego, no sólo a los discrepantes, también a los tibios. Por otro lado, la selección de los responsables políticos hace tiempo que dejó de tener en cuenta el mérito y la capacidad para atenerse, tan solo, a la confianza. La confianza del líder en los seleccionados, claro está.

A este proceso, intelectualmente plano y orgánicamente burocrático, han colaborado decisivamente dos hechos: a) la reducción del espacio político, al que ya se ha hecho referencia –al fin y al cabo, ¿qué se puede debatir cuando tantas cosas están predeterminada?- y b) El sistema electoral español -listas cerradas y bloqueadas- que pone en manos de los aparatos partidarios de forma omnipotente la confección de listas y con ello el futuro político de los afiliados.

Las elecciones internas han sido sustituidas –ya lo he dicho- por la pura cooptación y por ello se ha convertido en moneda común la presencia en cargos ejecutivos (gobiernos) o de representación (diputados, senadores, concejales…) de personas, en verdad, extravagantes, de las cuales es difícil imaginar que hubieran llegado a posiciones relevantes en cualquier otro oficio dentro de la vida civil. El ejemplo de Tamayo y Sáez en el PSOE me ahorra tener que dar más argumentos.

En el campo de la toma de decisiones, por transcendentes que éstas sean, el debate y la posterior votación han quedado reducidas a la mínima expresión dentro de la práctica política. Un ejemplo significativo puede ilustrar lo que acabo de decir: la decisión de entrar en la guerra de Irak.

El Presidente del Gobierno español, José María Aznar, tomó esta decisión sin consultar a su partido ni a su Gobierno y, por supuesto, sin previo debate parlamentario. Según fuentes solventes, cuando Aznar comunicó su decisión al Gobierno que presidía, tan solo dos ministros tomaron la palabra: el Vicepresidente Económico, Rodrigo Rato, que argumentó su oposición (lo cual, probablemente, le costó el delfinado) y Mariano Rajoy, quien muy en su estilo, se limitó a preguntar: “¿Pero quién nos ha pedido que entremos en esta guerra?”.

La entrada de España en la coalición invasora de Irak fue una decisión “soberana” que resultó perversa para los intereses del PP, tal como se demostró en las elecciones del 14 de marzo de 2004, pero respondía a un cambio estratégico en la política exterior española. Esa decisión estratégica la había tomado Aznar mucho antes y por el mismo procedimiento, el de Juan Palomo (“Yo me lo guiso y yo me lo como”).

Pero no es sólo en el PP en donde ocurren estas cosas.  Insisto en que el sistema de funcionamiento interno es parejo dentro de los dos grandes partidos españoles (PSOE y PP).

En estas condiciones “medioambientales” cabe preguntarse, entre otras cosas, qué papel se les reserva a los afiliados. La respuesta es sencilla y la ilustran las películas de Cecil B. de Mille. En efecto, toda gran representación teatral o cinematográfica precisa de un buen número de figurantes. Los afiliados, antes militantes, se han convertido en eso, en el atrezzo de una representación, cuyo texto no han escrito ellos. Pero juegan también otro papel de mayor enjundia: el de cubrir los puestos en las listas, a las cuales se accede, como ya he dicho, más por fidelidad que por cualesquiera otros méritos.

Veinticinco años después de aprobarse la Constitución española, como es natural, una nueva generación de políticos ha pasado al primer plano. Un grupo humano a quien bien podemos llamar “la generación de la imagen”. Muchos de los políticos de mayor relevancia en España son hoy hombres y mujeres cuya vida, profesionalmente activa, se reduce a su trabajo dentro del partido, bien como burócratas, bien como “representantes” del Partido en las más variadas instituciones.

¿Tiene esto arreglo? La respuesta es afirmativa, pero permitidme, para concluir, que muestre al respecto un cierto pesimismo. El PSOE tiene su pirámide de edades invertida; quiere esto decir que hay más veteranos que jóvenes (incluyendo entre los jóvenes a los cuarentones) y, sin embargo, son los jóvenes quienes –con raras excepciones- ocupan hoy los puestos directivos. Vengo observando a éstos –ya instalados en el mando interno- con suma atención. Por eso me atreveré a hacer un diagnóstico.

Los que tienen más altas responsabilidades se mueven bajo el síndrome de su imagen personal, algunos, y algunas, obsesionados con su presencia mediática hasta niveles auténticamente enfermizos. Podría dar algunos nombres, que ilustrarían esa enfermedad, pero no lo haré. Sí diré que parecen salidos del libro que ya en 1962 publicó el ensayista D.J.Boorstin y cuyo título era, precisamente, “La imagen”. Boorstin cuenta en él multitud de anécdotas ilustrativas, de ellas citaré dos: 1) Las reuniones empresariales organizadas no para tratar algún asunto sino para hacerse fotos y 2) un sucedido elocuente: una madre pasea con su hijo y una amiga se para a saludarla y le dice: “¡Qué niño tan guapo!”. La madre le replica: “Pues si vieras las fotos...”

Por otro lado, la mayor parte de estos jóvenes ha hecho suyo el título de una vieja película de René Clair: “El silencio es oro”. Vamos, que sólo abren la boca para comer o para repetir consignas. Han aprendido demasiado pronto que si quieren alcanzar sus ambiciones, por cierto, legítimas, lo mejor es tener la boca cerrada y las manos dispuestas para aplaudir.

Y así están las cosas. Como todo lo real tiende a presentarse como racional, no pocos defienden esta situación emulando a otro personaje literario, esta vez de Voltaire en su obra “Cándido”, el doctor Pangloss, que no hacía otra cosa que repetir:”Vivimos en el mejor de los mundos posibles”. No voy a entrar en una discusión con el doctor Pangloss, simplemente diré –para terminar- que la “estructura y el funcionamiento” de los grandes partidos en España no son democráticos y, por lo tanto, se colocan en contra del mandato constitucional.